The Beatles: un Proyecto de Ingeniería Social

23/11/2020
Publicado por: David Alfonso Estrada

Dos cuestiones quiero aclarar antes de entrar de lleno en esta historia sociológica que –en caso de ser verídica– trata acerca de la telaraña de sistemas detrás de la construcción de la realidad, pero que –en caso de ser falsa– no es más que otra teoría sobre el cuarteto de Liverpool que adereza su legado y que juega a la par de las conspiraciones famosas como la de la muerte y reemplazo de McCartney, las cintas de audio que grabó Harrison en las cuales reveló los secretos de la banda o el asesinato de Lennon orquestado por la CIA que empleó para sus fines a un títere MK-ULTRA.

La primera cuestión a dilucidar es que la obra musical de los Beatles es un deleite. Sus discos son un goce emocional que pocas bandas ofrecen. Álbumes enteros de este conjunto son parte de nuestras vidas y casi todos han sido nuestros favoritos en algún momento. De ninguna manera quiero demeritar la carrera de estos cuatro artistas. Solamente que hay cosas que, en mis aficiones conspiranóicas, se han quedado en mi cabeza y esta es una de ellas; y más allá de lo cierto o falso de esta versión de la historia, es algo que nos lleva a una reflexión sobre las raíces del comportamiento humano de hoy que gira alrededor del espectáculo.

La segunda cuestión por aclarar es que no hay mucho que pueda hacer yo para llegar a la verdad de lo que expondré en este artículo. Información o desinformación (entre tanto que hay en la Red no solo hemos perdido nuestra capacidad de asombro sino también la credibilidad de las fuentes), igualmente es una teoría que me encanta porque mi imaginación sí concibe escenarios perversos de esta magnitud, sin embargo, me obligo a creer más en la espontaneidad de la música que en la ingeniería social…


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La Nueva Música Dionisiaca

Esta historia comienza en la Alemania de 1923 con la fundación de la Escuela de Frankfurt, donde un grupo de académicos de corte marxista se organizó para teorizar, con una psicología que apenas daba sus primeros pasos, sobre las ciencias sociales. Dentro de este grupo de intelectuales se encontraba el personaje principal de este artículo: Theodor Adorno, un filósofo alemán y compositor de música que se destacaba por sus ensayos en los cuales profundizaba en un sistema musical al que se le conoce como atonal.

El sistema atonal rompía con el sistema de música que reinó durante cuatro siglos –sobre todo en Europa–, en el cual hay una nota central (la tónica) en torno a la cual giran los demás sonidos de la escala y que utiliza básicamente siete tonos: Do-Re-Mi-Fa-Sol-La-Si-Do. Mientras que en la atonalidad todos los sonidos tienen la misma importancia, lo que resulta en una música a la que se le puede considerar más caótica porque no es predecible.

Supuestamente este sistema atonal se utilizó en los cultos dionisiacos (principalmente realizados durante los siglos 2 y 3 antes de Cristo), una forma de celebración ritual en la que se gozaba en exceso y se exaltaba el cuerpo. Con la música atonal había una mayor influencia fisiológica sobre el sistema nervioso y se alcanzaban los niveles máximos de emoción.

Aunque Theodor Adorno compuso varias obras musicales y bien pudo haberse dedicado por completo a la música, decidió optar por el lado académico y abandonar su carrera musical.


Theodor Adorno
Theodor Adorno (1903-1969)

Hipnopedia Huxleyana: la Repetición es la fórmula

Theodor Adorno emigró a los Estados Unidos en 1938 huyendo del nazismo y se instaló en Nueva York, donde continuó sus estudios acerca de los efectos de la música en la sociedad y participó, junto a otros académicos, en la producción de varias radionovelas, incluida la emisión que sembró el terror en las calles por un par de horas: La Guerra de los Mundos narrada por Orson Welles, en la que se relató una invasión extraterrestre a manera de noticia. Un experimento social que demostró que las personas podían creer casi cualquier cosa que escucharan por la radio. De acuerdo a sus estadísticas, el 25% de los radioescuchas creyeron que los extraterrestres habían invadido la ciudad, mientras que otro gran porcentaje creyó que se trataba de un ataque alemán.

Para entonces la manipulación de masas a través de los medios de comunicación ya había quedado de manifiesto por una persona: el sobrino de Sigmund Freud, Edward Bernays, quien introdujo en la forma de hacer publicidad, la teoría del psicoanálisis que desarrolló su tío e hizo que los publicistas trabajaran sus mensajes de otro modo más eficaz para sus propósitos comerciales.

Antes de que Edward Bernays se acercara a los empresarios estadounidenses de esa época, el modo de anunciar un producto se establecía más por los atributos del mismo o las ventajas competitivas que tenía sobre otras marcas; a lo que Bernays les explicó a los empresarios que la publicidad no debería enfocarse a solucionar necesidades ya existentes, sino a hacer que las personas desearan lo que no necesitan apuntando a deseos inconscientes tales como la libertad, la virilidad o el prestigio, por ejemplo.

El Tercer Reich fue el otro fenómeno que hizo evidente la manipulación de las masas a través de los medios de comunicación. Joseph Goebbles y el partido nazi le daban la razón a la doctrina freudiana, en la que se comprendía al humano como una bestia irracional y contenida, por lo cual había que controlar a la mente colectiva puesto que, de otra manera, podía ocurrir otro régimen parecido al que estableció Hitler en Alemania.

Durante la temporada en la que Theodor Adorno colaboró en programas de radio, se dio cuenta que para influir en la cultura popular bastaba con intercambiar elementos y reciclar. Adorno reconoció públicamente que la clave de la popularidad de un artista era la repetición y que cualquier intérprete podía llegar a ser una estrella con la constante reproducción de sus canciones en la radio. Declaró que, tanto los artistas como las canciones, solo tenían que dar la apariencia de cambiar pero que, en verdad, no debían variar ni en tipo ni en contenido.


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La “Perfilación” de la Sociedad

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, Theodor Adorno regresó a Frankfurt para eventualmente liderar el Instituto de Investigación Social, donde trabajó en alianza con el Instituto Tavistock de Gran Bretaña y con algunas universidades estadounidenses para diseñar estrategias psicológicas orientadas a los sectores públicos que disminuyeran los problemas sociales que dejó la guerra.

Con el apoyo de la Fundación Rockefeller, estas instituciones emplearon a una gran cantidad de académicos para trazar el eje –con sus teorías, análisis y curvas– de las ciencias sociales y crear las nuevas tendencias del comportamiento en los campos políticos, educativos, laborales y de entretenimiento masivo bajo la línea de “la salud mental”.

En estos institutos se desarrollaron herramientas como el test psicológico y el focus group, con el objetivo de entender las motivaciones y miedos de las personas y clasificar a la gente según sus estilos de vida, pues los investigadores habían caído en la cuenta de que las personas no se definían a sí mismas de acuerdo a su clase social (rico, pobre, clase media, etc.), sino que se definían más a partir de sus aficiones musicales y deportivas, hábitos, visión política o la religión que profesaban. La idea fue encontrar los distintos perfiles dentro de la sociedad y plantear tácticas psicológicas específicas para cada uno; con la televisión, el cine, la prensa y la radio como sus brazos armados.


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Los Hijos de la Post-Guerra

En las décadas de los cincuentas y sesentas, Estados Unidos se convirtió en el centro mundial de la hegemonía ideológica, en el cual valores como el éxito a través del esfuerzo eran difundidos; el capitalismo era el héroe y el comunismo el villano.

Como se retrata en el filme Rebelde sin causa protagonizado por James Dean, en estos años hubo una ruptura generacional en Occidente debido a un momento de prosperidad económica sin precedentes, y surgió la primer oleada de un fenómeno social denominado como los babyboomers, quienes ya no querían pelear con armas sino con ideas.

Las movilizaciones sociales de quienes emprendieron luchas culturales como la de los derechos civiles de los afroamericanos, la liberación de las mujeres y las protestas en contra de la guerra de Vietnam, probaron que las personas tenían necesidad de congregarse masivamente. Y con ejemplos de personalidades artísticas como Elvis Presley, Frank Sinatra y Jorge Negrete en América Latina que convocaban a cientos de personas en sus apariciones públicas, a los ingenieros sociales y a Theodor Adorno se les ocurrió una nueva estrategia: The Beatles.

No es que antes de los Beatles, los académicos que laboraban en estas instituciones dirigidas al comportamiento humano y que tenían como clientes a gobiernos y a grandes corporativos, no influyeran desde las sombras en las carreras musicales y cinematográficas de muchos artistas, sino que vieron en estos cuatro jóvenes geniales e irreverentes de los barrios obreros de Inglaterra –que tocaban en los bares de Alemania versiones más duras de artistas como Chuck Berry, Little Richard y Fats Domino, con muy buena aceptación de la gente–, la oportunidad de llevar a cabo sus estrategias sociológicas a lo bestia.


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Más Grandes que Elvis (y Jesucristo)

Como en toda teoría de conspiración, en esta también hay datos oficiales que faltan como en un rompecabezas incompleto donde los huecos de información se rellenan con rumores. Aquí es cuando esta otra versión de la historia choca en quienes escuchamos encantados la música de los Beatles, sin embargo, como decía F. Scott Fitzgerald: “La prueba de una inteligencia de primer orden es la capacidad para retener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo y, aun así, conservar la facultad de funcionar”.

Se cuenta que en las vidas de Lennon, McCartney, Harrison y Best (entonces baterista de la banda), apareció Brian Epstein, un joven de Liverpool interesado en la moda que escribía una columna de música para una revista y que pasaba sus días trabajando en las tienda NEMS (North End Music Stores), propiedad de su padre, que se hallaba a unas cuantas calles del Cavern Club, una taberna donde los Beatles tocaban con regularidad para un máximo de 200 personas.

Aunque nunca pensó en ser mánager de una banda de música, Brian Epstein vio una oportunidad de negocio en los Beatles y, en noviembre de 1961, se convirtió en su representante. Según esta teoría, Epstein estaba relacionado (de alguna manera que nadie explica) con el Instituto Tavistock de Relaciones Humanas.

Para 1962 Brian Epstein comenzó a vender no solo la música de los Beatles, sino también su imagen. En todas las reuniones ejecutivas decía que sus chicos iban a ser más grandes que Elvis, no obstante, además de convencer a los empresarios, también tuvo que convencer a los cuatro Beatles de emprender un drástico cambio de look y actitud.

Y aunque la metamorfosis no fue instantánea, poco a poco, guiados por Epstein, los Beatles se convirtieron en los chicos buenos del rock. A regañadientes, los cuatro colgaron las chaquetas de cuero y los jeans, y de los suéteres y pantalones elegantes, pasaron a ponerse los trajes grises sin solapa que fueron su sello característico. Y fue el mismo Epstein quien los metió en cintura para que le bajaran de tono al desorden y al sarcasmo con el que aderezaban sus presentaciones; dejaron de comer, beber y fumar sobre el escenario, y comenzaron hacer una reverencia sincronizada al final de sus conciertos.

Sin embargo, el giro mayor que provocó Brian Epstein en los Beatles fue la salida de Pete Best y la llegada de Ringo Starr.

Como describe John McMillian en el libro Beatles vs. Stones (1) –lectura recomendada y para nada conspiranóica–: “Pete Best no encajaba demasiado con los otros; era demasiado normal, demasiado lento, hablaba en voz baja, solía estar de mal humor, era una persona solitaria. Mientras el resto de la banda brincaba al speed en Alemania, él se mantuvo fiel a la cerveza; cuando empezaron a cepillarse el pelo hacia delante por encima de la frente, él continuó esculpiéndose meticulosamente el tupé”.

Entonces Epstein le dio la mala noticia a Best: estaba fuera de la banda y sería reemplazado por el baterista de Tony Sheridan (con quien los Beatles habían colaborado), Ringo Starr, un tipo que, además de ser mejor batería, “tenía un aspecto divertido, un gran sentido del humor y un carácter afable que encajaba perfectamente con los Beatles”.

Con esta nueva alineación, los Beatles fue la primer banda que se promocionó como un conjunto, por lo general, las casas productoras elegían a un miembro de la banda y lo destacaban del resto, sin embargo cuando las personas se introducían en el mundo de los Beatles, veían a un grupo indivisible en el que cada uno jugaba un rol particular: John era el intelectual, Paul el romántico, George el tranquilo y misterioso, y Ringo el despreocupado.


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La Banda Sonora de la Nueva Era

La Beatlemanía, de acuerdo a esta teoría de conspiración, estuvo diseñada desde la llegada de los Beatles a los Estados Unidos en el aeropuerto JFK de Nueva York, donde se dieron cita cientos de chicas para recibirlos frenéticamente, no obstante, estas chicas fueron contratadas por el Instituto Tavistock y llevadas en autobuses al aeropuerto para que la prensa hiciera noticia.

Ed Sullivan, el presentador del show de televisión que catapultó a los Beatles a la fama en Estados Unidos, (también en teoría) trabajó con los investigadores sociales del Instituto Tavistock, con el fin de no solo vender la música de los Fab Four, sino su estilo de vida y el mito del rock en el que, con base en un talento enorme y el don de la casualidad, cualquiera puede emerger desde los barrios bajos hasta convertirse en una estrella mundial como ellos, la banda sonora de la nueva era.

Otro punto que se menciona en esta conspiración de los Beatles es que, cuando el grupo arribó a América, en la cultura occidental ya se había desarrollado un vocabulario nuevo. Términos como rock, pop, teen, cool, groupie y flower power, se habían introducido sistemáticamente con antelación por los ingenieros sociales como códigos disfrazados para la aceptación de las drogas, y que estas se soltaban en las calles adonde quiera que llegaba la música de los Beatles.

Lo que sí es verdad es que los Beatles inauguraron lo que conocemos hoy como Arena Rock o Stadium Rock, el tipo de conciertos al que estamos acostumbrados (sin pandemia).

En 1965 en el Shea Stadium de Nueva York, los Beatles tocaron para 55 mil personas como parte de su gira por los Estados Unidos, siendo este el concierto más grande en ese tiempo, en el cual “los pulmones inmaduros del público –informó el New York Times– producían un sonido tan asombroso, tan devastador, tan estridente y sostenido, que dejaba atrás la línea que va del entusiasmo a la histeria para alcanzar la zona del significado en griego clásico de la palabra pandemonio: la región de los demonios”.

Ahora sí el PLOT TWIST de esta teoría de conspiración: Theodor Adorno fue quien compuso la mayoría de las canciones de los Beatles, la Nueva Música Dionisiaca, con la intención de promocionar un estilo de vida nihilista que disminuyera los movimientos sociales de esa época.

El contacto directo para filtrar sus composiciones supuestamente fue Paul McCartney (unos dicen que el falso, otros que el verdadero y otros que los dos).



Los Caminos de la Cultura Juvenil

Independientemente de que si fue o no Theodor Adorno quien compuso las canciones de los Beatles, sí hubo un apoyo mediático muy evidente para que todo el mundo conociera a los Beatles y en este hecho se apoyan los teóricos de la conspiración.

El historiador John McMillian expone que en la prensa de esos años siempre loaron a los Beatles, no solo por sus asombrosos poderes creativos, sino también por su inteligencia discernible, su carisma subversivo y su experimentación con las drogas.

Después del Rubber Soul, todos reconocieron el papel de los Beatles en ayudar a establecer los caminos de la cultura juvenil emergente. Los Beatles eran los árbitros de una nueva estética, misioneros de un estilo de vida y gurús de toda una generación.

En los medios de comunicación se afirmaba que los Beatles ayudaban a disolver muchas de las tensiones entre el radicalismo político de la Nueva Izquierda (compuesto por activistas muy implicados) y el radicalismo estético de la contracultura (compuesto por estudiantes que abandonaron la escuela).

“Incluso aquellos que no compartían la profunda alienación cultural de los hippies tenían posibilidades de compartir el gusto por los Beatles, un cierto respeto por su visibilidad colectiva y un deseo de experimentar, al menos, con la marihuana”, afirma el sociólogo Dick Flacks.

“Curiosamente, los Beatles se ganaron este respeto a pesar de que nunca llegaron a politizarse demasiado durante la mayor parte de los sesenta –explica McMillian–. Es cierto que en ocasiones el grupo se deleitaba desenmascarando el esnobismo y perforando las pretensiones de clase. Pero los Beatles nunca se unieron a la cruzada por prohibir las armas atómicas ni se involucraron en el movimiento de los derechos civiles. De hecho, su mánager, Brian Epstein, les recordaba constantemente que evitaran hacer declaraciones controvertidas de cualquier clase”.


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The End

Esta historia de conspiración termina en 1969 cuando, recién finalizadas las grabaciones para la última obra maestra de los Beatles, Abbey Road, muere Theodor Adorno.

Y si bien la banda ya estaba fragmentada para ese momento, según esta teoría, la verdadera razón de su separación fue la muerte de Adorno, quien escribía en secreto gran parte de sus canciones.

Este dato obviamente tampoco es oficial, pero se dice que cuando Michael Jackson obtuvo los derechos de las canciones de los Beatles, se sorprendió al ver que estos le pertenecían a Theodor Adorno y no a Lennon y a McCartney como se presume.

Sin los Beatles y con las muertes de artistas como Morrison, Joplin y Hendrix, el desastre de Woodstock, la desaparición pública de Timothy Leary –quien más hizo apología del LSD– y el asesinato de Sharon Tate y todo lo relacionado a Charles Manson; el movimiento hippie se apagó.

Ahora, con su permiso, me dispongo a seguir escuchando a The Beatles, porque a mí me da igual si a la ecuación Lennon-McCartney-Harrison-Starr se le añade el nombre de Theodor Adorno; su música nada me la estropea. Puedo escucharlos y de cuando en cuando preguntarme: ¿Será Lennon, McCartney o Adorno?


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